Ciencia desde el átomo

Ciencia desde el átomo

DIEZ AÑOS. Creado para lograr avances en la ciencia desde el estudio de su unidad más pequeña, el INL cumple diez años convertido en una referencia para Europa por conseguir la transversalidad en el conocimiento y un vivo interés empresarial.

CYNTHIA DE BENITO | BRAGA
16/04/2019

El Laboratorio Ibérico Internacional de Nanotecnología, levantado en la ciudad de Braga, en el norte de Portugal, reivindica la cooperación incluso desde los jardines que circundan su moderna sede, en los que recibe al visitante una enorme piedra originaria de la frontera con España.

Es un símbolo de la historia de su nacimiento: un acuerdo entre Madrid y Lisboa hace diez años que, en apenas una década, suma alrededor de 250 investigadores repartidos en 23 grupos; cada uno dedicado a un asunto, pero dispuestos a converger cuando los hallazgos pueden impulsar los estudios de la oficina vecina.

Una colaboración posible porque aquí se estudia la unidad más pequeña. El INL es «único», dice en entrevista con Efe su director, Lars Montelius, porque «no hay otro sitio en el mundo que sea intergubernamental en el campo de la nanotecnología».

Al llegar hasta lo más ínfimo se puede entender la composición de los materiales, para comprender cómo se comportan y, así, conseguir desarrollar resultados diferentes.

«Cuando entiendes el comportamiento de los materiales puede ser aplicado a muchas áreas diferentes», apunta Montelius.

Metalurgia, sanidad o industria son algunos de los sectores en los que pueden generar avances gracias a la interacción de estos 23 grupos, distribuidos en laboratorios vecinos repartidos por la semicircunferencia que es el edificio del INL; entre pared y pared, una inmensa oficina abierta y diáfana, propicia para el intercambio de ideas.

«Necesitamos mezclar todo en este conocimiento para solucionar un problema», explica el director, que destaca otra cualidad única del centro: estar abierto a todo el mundo pese a ser un proyecto eminentemente financiado por Estados miembros de la Unión Europea.

Su presupuesto, que ha ido aumentado alrededor de un 30 % anualmente y en 2019 ronda los 22 millones de euros, está soportado por tres «patas»: Estados miembros de la UE, financiación europea para proyectos de investigación y finalmente aportes de la industria, que conecta el laboratorio con la aplicación práctica.

Son empresas como Bosch o Sonae, pero también hay muchas del espectro extra-europeo entre las alrededor de 60 compañías que apoyan al INL, por ejemplo de Israel o China.

«En el INL hacemos investigación a través de estos grupos, y usamos esa tecnología para afrontar los desafíos de la sociedad y esos desafíos impulsan nuestro trabajo con la industria», apunta el director.

Desde proyectos que ayudan a desarrollar el coche autónomo hasta ideas para tratar residuos de farmacéuticas en aguas industriales o incluso ampliar el conocimiento «a partir de fragmentos de ADN».

Ir hasta la unidad más pequeña de un elemento, comenta, puede ayudar a «detectar enfermedades o hacer perfiles de ADN, pero también autentificar productos, como el aceite»; así, agrega, podría analizarse si todo el aceite puro que se anuncia en supermercados es realmente puro.

Un abanico infinito de posibilidades en las que trabajan los investigadores, la mitad de ellos españoles y portugueses y la otra mitad de una miríada de países con proyectos de casi tres años, periodo tras el cual se produce conocimiento que sirve de apoyo para la siguiente investigación.

El centro se ha vuelto muy popular en el mundo científico internacional, y a nivel ciudadano en la propia Braga y la cercana región española de Galicia, a apenas una hora de distancia en coche y donde residen muchos de los investigadores.

Su década de vida, dice Montelius, «es un periodo muy corto para un instituto de investigación».

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